miércoles, 10 de agosto de 2011

Anarquía

Como muchos movimientos anárquicos, empezó como respuesta a la prepotencia de alguien.

Mi semana venía mal, a tono con el resto de mi vida. Y el sarcasmo del juez no ayudaba.

-Las máquinas no mienten.

-Yo tampoco. No iba rápido.

La prueba consistía en una foto de mi auto, con la patente resaltada, y un epígrafe que decía 78 km por hora, en una zona de 70 permitidos. Considerando el diez por ciento de tolerancia, me había pasado por un kilómetro.

-Un kilómetro o cien. La infracción existe. No me haga perder más tiempo.

La bronca se había convertido en odio. A un sistema al que no le importaba lo que yo hiciera, dijera o pensara. A un funcionario que era igual a muchos otros, que ejercía su pequeña cuota de poder al máximo, humillando a la gente en cada oportunidad disponible. Y a la realidad, y a la vida, que también aprovechaba cada oportunidad disponible, para atropellarme. Y a esa no le sacaban fotos.

Me senté en el auto, y de acompañante tenía al modelo de mi última derrota, el pomo de pintura en aerosol más ambicioso y menos vendido en la historia. Había invertido cinco años, y hasta el último peso en una pintura que no se borraba con nada, solo para descubrir también que a nadie le interesaba. El último fracaso de una larga cadena.

Sin pensarlo, bajé y rocié toda la patente con pintura negra. A esa patente no la reconocerían nunca más por fotos.

Todo lo que siguió, pasó a la velocidad de la luz. El policía que custodiaba el tribunal de faltas, agarrándome del brazo, como si yo acabara de robar un banco; la marcha del día, con piqueteros exaltados reclamando quién sabe qué cosa, y que vieron en el policía al enemigo más cercano e indefenso. El policía corriendo a refugiarse adentro de la oficinita.

Mi baúl, repleto de aerosoles, y mi generosidad, regalándole uno a quien lo pidiera, y los receptores, felices, pintando cuanta patente había a mano.

Un teléfono con cámara, y los millones de visitas en Youtube.

La rabia generalizada, y la masa pintando cientos de patentes atascadas en el tráfico.

Buenos Aires, de un día para el otro, se convirtió en la ciudad de las patentes negras, y el resto del país no tardó en imitarla. Después vino Brasil, pegadito a Chile, Uruguay y Perú.

Como todos saben, esto que cuento pasó hace exactamente un año, y no parece que vaya a detenerse en un futuro próximo.

Recién ahora puedo parar a ver la magnitud del fenómeno. Mientras todos se dedicaban a pintar patentes, yo era el encargado de proveer el aerosol. Porque no bastaba pintar las patentes, tenía que ser con MI aerosol.

La fábrica de Burzaco me quedó chica al mes, y puse otra en zona norte. La segunda de las cuarenta y dos que tengo ahora. De esas, veinte están en Argentina, y el resto desperdigadas por ahí. Cuatro, las más grandes, en China.

Con esa rapidez que tienen algunos gobiernos para responder a las emergencias, ahora, al año de todo, están tratando de cerrar algunas fábricas. Les he puesto tantos abogados en el medio que lograrán hacerlo cuando ya no queden más patentes por pintar.

El siguiente resorte fue la prensa. Algún funcionario iluminado, decidió echarme a los perros, y día y noche tenía todo tipo de cámaras siguiéndome por todos lados. También fue sin pensar que lo hice, pero hecho está. Esta mañana, salí de mi casa y a la primera cámara que se me puso en frente, le rocié medio tubo de mi aerosol.

Y ese fue el verdadero principio de todo.

7 comentarios:

  1. Brillante! Mándeme 30 frascos y dígame como se garpa...que no lo pintó al juez en la cara demuestra que Ud es demasiado bueno...
    Atte/

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  2. Ernest estaría orgulloso. Creo. Buen relato.

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  3. Epico x3! menos para decir que eso.

    genial como siempre x3!

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  4. Saramago es un poroto!

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  5. Sin palabras, Marcos. Ya no se de donde hilás tantos personajes y formás tantas infinitas historias.
    Un placer leerte.¡Salud!

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