miércoles, 2 de mayo de 2012

Torito


La angustia por lo soñado no se va al despertar. Si algo, aumenta. Su madre le prepara un café con leche y él no puede dejar de pensar en la escena vivida el día anterior, en el colegio.

Pero hay una diferencia: en el sueño, el humillado es él, y no Domínguez. El cachetazo que ha hecho volar los anteojos ha sido sobre su cara, y han sido sus cachetes los que las lágrimas mojaron.

La misma escena, pero en lugar de haber sido uno de los jocosos testigos del castigo, él es la víctima. Mientras camina las seis cuadras que lo separan del colegio, está llorando.

La plaza de la esquina está llena de chicos, que forman una ronda, y a él le parece raro, sobre todo a esa hora de la mañana.

-Lindas zapatillas. Dámelas.

En el centro del círculo, Domínguez, temblando como una hoja, y con unas All Star negras que parecen haber sido sacadas de un laboratorio. Frente a Augusto, Gastón, con una sonrisa que podría servir para publicidad de Disney.

-¿No me oíste? Sacatelás. Ya.

El miedo está a la vista, y la masa lo disfruta, pero él siente otra cosa: la angustia de Domínguez es tan física, que él podría tocarla.

Gastón se acerca a Domínguez, y él, que lo conoce desde los cinco años, sabe que lo próximo será un golpe que deje a Domínguez en el suelo.

-Dejalo.

Las risas se cortan de golpe, y como por arte de magia, otro círculo se forma en torno a él.

-¿Qué te pasa?

-Dejalo. Esto termina acá. Basta.

Gastón lo supera en altura y fuerza, pero más en habilidad para pelear. Los dos lo saben.

-Qué, ¿vos querés las zapatillas?

-No. Quiero que lo dejemos en paz. Empezando ahora.

Los tres metros que lo separan de Gastón se reducen en un instante, y ochenta kilos de gimnasio lo hacen rodar por el asfalto de la plaza. Mientras esquiva un derechazo, piensa que las plazas deberían ser de pasto.

La derecha pasó, pero la zurda choca derecho contra su nariz, produciendo una explosión de sangre. Pero el dolor es bienvenido, porque termina con la angustia. Su cabeza sale disparada hacia la nariz de Gastón, y ya es imposible saber de quién es la sangre que empapa la ropa de ambos.

Lo siguiente es los dos de pie, puños cerrados, y esperando el próximo movimiento de alguno. El descanso dura algunos segundos, y se rompe con la carcajada de Gastón.

-Pero sos pelotudo, eh, mirá que pelearte por una cosa así.

El no responde, pero sus puños no se aflojan.

-Listo, si es importante para vos, así queda. Nadie toca al gordito de ahora en más, ¿escucharon?

-Ni al gordito ni nadie- susurra él, mirando a Gastón.

-Bueh, ¿y vos vas a saltar por todos?

-Si hace falta, si.

-No. No va a hacer falta. Te necesito en la cancha.

Eso termina con todo, y el apuro por entrar al colegio disuelve la masa. Alguien le alcanza un pañuelo, es Domínguez.

-Gracias… Gustavo.

-Gerardo- dice Domínguez casi con vergüenza.

El vuelve a su casa a las cuatro, después de pensar cuidadosamente qué excusa le dará a su madre para explicar la ropa ensangrentada. Su padre se reirá, pero su mamá se angustia, y la sola palabra lo pone inquieto.

A la misma hora en que él le esta contando a su mamá la diferencia que tuvo con Gastón, Domínguez se encierra en la habitación de sus padres, y abre su mochila.

Con mucho cuidado, saca una toalla verde del interior, y la apoya sobre la cama de sus padres. Casi con reverencia, desenvuelve la pistola, y la guarda en la caja fuerte.

Nunca más la tuvo en sus manos.