miércoles, 3 de diciembre de 2014

Capítulo 1
CONTRA EL RUMBO
1. Día de radio

Soy periodista, pero no fanático. No todavía.
Estoy en medio de una entrevista al cantante de Goats in Rehab, banda que toca esta noche en River. Se llama Jeff Somewhere. Jura que ese apellido no es artístico, que lleva más de doscientos años en su familia. Viene de los indios biloxi, que vivían en Mississippi antes de ser diezmados por la viruela y exterminados por los colonizadores. Hay heridas que no cierran con el tiempo.
Se podrían escribir varios libros con las anécdotas de Jeff sin más tinta que la de sus tatuajes. No entiendo si son cientos o es uno solo, inmenso. Le pregunto. Me dice que, como ocurre con los árboles, se puede saber su edad por las marcas que el mundo va dejando en su piel, sólo hace falta saber leer.
Habla con la tranquilidad de quien tiene menos de veinticinco años y ha recorrido el mundo entero al menos una vez. Hace un chiste sobre las mujeres argentinas y la carne. Lo hace mirando a una de nuestras productoras, Andrea, con quien espera tener sexo esta noche. Sería un milagro que eso no ocurriera.
Algo empieza a hacerme ruido en la cabeza, pero todavía no descubro qué es. Jeff está cómodo, dispuesto a hablar. Yo también. Hasta hace treinta segundos, hubiera dicho que ésta iba a ser una gran entrevista, pero no.
Le pregunto a Jeff por las mujeres que fueron vistas anoche en un hotel de Puerto Madero. La faena duró hasta las seis de la mañana y hubo más modelos que en un desfile importante. Jeff responde con una carcajada y entonces descubro lo que está pasando. Desde hace casi un minuto no hay eco en nuestra conversación. Los que trabajan conmigo en la mesa no preguntan, no se ríen; el control está quieto, como si estuviera vacío. Parece de noche, y eso en mi estudio no ocurre nunca.
Miro el vidrio del control. Un reflejo adquirido que nunca perderé. Cuando algo anda mal, levanto los ojos y tengo a dos o más personas dispuestas a dar explicaciones, respuestas. No es así esta vez. Todos rehúyen mi mirada, lo cual, mientras salimos al aire, sería motivo de puteadas en árabe. Puedo necesitar algo y ellos están ahí para conseguírmelo. El tiempo al aire es sagrado y, si hay un dios, de lunes a viernes entre las nueve de la mañana y la una de la tarde, acá, soy yo.
El enojo me confunde. Se están escondiendo. Miran sus computadoras como si fueran los últimos diez minutos de un Mundial y Argentina estuviera ganando uno a cero. O perdiendo. Están tan concentrados que podría saltar de la felicidad, salvo porque no es en el programa donde tienen puesta la atención.
Hasta Jeff deja de hablar. Él también lo percibe. Está acostumbrado a ser el centro de cualquier universo que habite, y ahora es ignorado.
Cochís está en la mesa conmigo. Empezó como productor, igual que yo, y es el único que se anima a señalar mi computadora con un dedo. Siempre, durante el programa, está abierta en Twitter. Y todos los mensajes dicen lo mismo: «Se suicidó el periodista Ernesto Berro».
No es la primera vez que matan a mi padre, pero ahora parece ser en serio. Hay muchos mensajes, demasiados, algunos de gente conocida. Me cuesta respirar. Todo se vuelve blanco. Jeff, el entrevistado, dejó de hablar y me mira. El cuarto empieza a dar vueltas. Mi padre no puede estar muerto.
–Mandá a tanda, un tema, lo que sea. Se nos cae –dice Ganso. Le puse ese apodo porque es fanático de Top Gun. Al principio le decíamos Top Ganso, pero derivó en Ganso por razones de economía. Los instintos afloran en él y trata de evitar el bache. No puede haber baches en la radio. No. Y menos en mi programa.
El cuarto da vueltas cada vez más rápido. Sé que no debo combatir la sensación, sino aceptarla. La noción de bache me recupera. Fijo con fuerza los ojos en una mancha de fernet que hay en la pared. La dejó Ganso una Navidad, una mancha de vómito, y nunca la pudieron sacar o no quisieron. El cuarto sigue dando vueltas, pero la mancha está quieta y yo con ella.
Estamos fuera del aire. Suena «Miss Atomic Bomb», de The Killers. Ya tengo una referencia visual y otra auditiva. «Me extrañarás cuando me haya ido», dice la letra de la canción. Malditos profetas. Salgo de la cabina y logro llegar al control. El productor que siempre seré se hace cargo.
–Cochís, probá con mi viejo en el celular. Vos, Juanita, llamá al diario. Pietro, buscá en Twitter a tipos que conozcamos y preguntales de dónde viene la noticia.
Tengo más de cincuenta llamadas perdidas en mi teléfono, que sigue vibrando. La gente que tiene mi número sabe que no debe llamarme en el horario del programa; cada llamado empeora mi sensación.
–¿Algo, alguien? –pregunto al vacío, sabiendo, como siempre, que todos me escuchan.
Nadie contesta. Cuando sepan algo, lo dirán, pero hasta entonces van a seguir buscando. Sin parar. Mi dedo se va moviendo hacia abajo en las llamadas perdidas y llego a las de anoche. Entre ellas, tres de Ernesto Berro, mi padre, con quien no hablo desde hace más de cinco años.
Lo último que él hubiera hecho es pedirme permiso para suicidarse. No. Debe ser una de esas idioteces que pueblan las redes sociales minuto a minuto. Todos los días matan a alguien de la forma más inverosímil. Basta que algún personaje conocido se resfríe para que salga un estúpido a decir que ha muerto y miles de personas aburridas se plieguen al jueguito. Una retroalimentación de mentiras que funciona a pleno durante quince minutos; nada dura más de quince minutos en las redes sociales.
–Martín –es Cochís, casi susurrando–. Tengo a la Federal. Están en la casa de tu papá.
Sus ojos lo confirman y mi certeza es mayor que si hubiera visto el cadáver. Sí, mi padre ha muerto.

El taxi desde Colegiales hasta Flores tarda casi una hora, pero para mí es mucho menos. El chofer venía escuchando mi programa y lo cambió al tercer tema musical. Los productores han decidido suspender el vivo y pasar música, en ausencia de otra idea mejor. Me parece bien.
Las otras radios no son tan generosas. La noticia del suicidio de Ernesto Berro, periodista, escritor, padre de Martín B. (o sea, yo), es repetida hasta el hartazgo. El suicidio potencia la noticia de cualquier muerte. Si a eso le sumamos que se trata de un periodista veterano y prestigioso, la cosa se va saliendo de proporción. Y, si rematamos con que es mi padre, tenemos lo que hay.
Con una velocidad que conozco de memoria, las radios empiezan a poner en el aire a periodistas que conocieron a mi padre. «Periodismo de periodistas», papá lo detestaba.
–Ernesto era el último de los mohicanos –dice un editor de Página 12–. El periodismo no va a ser lo mismo sin él.
–El Manual de ética periodística de Berro fue fundamental en mi vida –agrega alguien de La Nación.
Las referencias siguen, algunos hablan de mí.
–Acompaño a Martincito en su dolor. Lo conozco de chico y sé lo que debe estar sufriendo –dice alguien; no sé quién es.
Me voy haciendo una idea de lo que está por venir. Toda persona que tenga algún tipo de relación con el periodismo se va a sentir en la necesidad de decir algo sobre mi padre. Y toda persona que lo haya conocido me habrá conocido a mí, con seguridad, al «pequeño hinchapelotas», como le gustaba llamarme a mi padre. Hasta que crecí, por supuesto, y pasé a ser el «mercenario chato» o «el capo del periodismo metrosexual», según el grado de malhumor que él tuviera en el momento.
La casa de mi padre queda en la calle Ramón L. Falcón, quien fue jefe de la Policía Federal a principios del siglo pasado. Siempre me pregunté si se trataba de una coincidencia o si el fanatismo de mi padre por los policiales era tal que le había llevado a elegir su residencia en ese lugar. De cualquier manera, la calle es de las más tranquilas del barrio de Flores.
–Te voy a tener que dejar acá, pibe. No sé qué es lo que pasa –me dice el chofer dos cuadras antes.
–No te hagas problema. Acá me bajo. Haceme un favor –le digo mientras le doy doscientos pesos–: esperame una hora. Si no vuelvo, andate.
Yo sé lo que pasa, aun antes de verlo. Empiezo a hacerme lugar entre las filas de curiosos tratando de no empujar a nadie. Más allá hay una cinta policial, de las amarillas, pero antes encuentro otra barrera mucho más pesada: la de los noteros. Conozco a muchos y todos me conocen a mí, lo que, por supuesto, no garantiza ni un milímetro de compasión.
–Martín, para La Red, ¿tu papá estaba deprimido?
–¿Es verdad que tenía problemas con el alcohol? De Radio América.
–¿Dejó una carta para vos? ¿La leíste?
–Martín, en vivo para…
Y cien preguntas más. Mi viejo hablaba de esto en su bendito Manual de ética periodística o, simplemente, el Manual, como todo el mundo lo conoce: «Los periodistas que sólo buscan titulares siempre serán suplentes». Él estaba equivocado en muchas cosas, no en ésta. Hago esfuerzos importantes para no asociar las preguntas con ningún periodista porque no quiero odiar a alguno para siempre. Están haciendo su trabajo, que en algún momento fue el mío. No quiero odiarlos.
–¿Te sentís responsable del suicidio?
El notero tiene que buscar resortes y éste acaba de encontrar el mío. Me doy vuelta con el puño en alto, dispuesto a romperle la nariz de una trompada. Lo veo sonriente, esperando el golpe. Mi trompada puede sacarlo de notero y llevarlo a panelista; por está dispuesto a recibir eso con gusto. Ganamos todos, llego a pensar, pero, antes de que pueda actuar, una mano entra por debajo de mi hombro y me aprieta la clavícula. El dolor es enorme.
–Martín, dejate de hinchar las pelotas. Vení.
La fuerza del comisario Galmarini me saca de balance, me empuja hacia atrás y hace que rompa la cinta amarilla. En el mismo movimiento, me sostiene para que no me caiga y para terminar pone una mano enorme en el pecho del notero que quiere traspasar la línea.
–Hasta acá, muchachos. No pasa nadie. Vení, Martín.
Conozco a Galmarini desde los diez años. Lo he visto borracho en la casa de mi padre infinidad de veces. Es uno de los pocos policías en los que confío. Me lleva hasta el interior de la casa sin producirme dolor, pero sin soltarme.
–Martín, no es necesario que veas esto.
Voy a tener que verlo, pero no todavía.
–¿Qué pasó? Contame, Galmarini.
–Ernesto está muerto. Eso pasó.
–¿Suicidio?
Galmarini se encoge los hombros. Sé que mi pregunta es estúpida. Él jamás adelantaría una conclusión si no está seguro, pero yo no estoy pensando con claridad.
Un agente le dice algo al oído. Él asiente, me palmea la espalda y se va dejando a mi cargo la decisión de ir hacia el living. Sé, sin necesidad de verlo, que mi padre está en el living. Avanzo.
La primera imagen la vi ya un millón de veces. El viejo sillón de cuero de espaldas a la puerta, mirando la ventana, y la mesita con el cigarrillo que se fumó solo y un vaso de whisky por la mitad. La mano cuelga a centímetros del libro caído. Encuentro la primera diferencia: en lugar de un libro está el Smith & Wesson 357 de papá. Al ver el arma, tomo conciencia de que lo que está pasando es real. La culata gastada del revólver. Han sido años de disparar balas y más balas en el Tiro Federal. Mi primera vez fue antes de cumplir los doce y casi me saco un brazo. La última, casi dos décadas después.
Ese arma jamás estaría en el piso si papá viviera. La cuidaba más que a sí mismo. De hecho, podía maltratar su cuerpo con dosis industriales de tabaco y alcohol, pero jamás hubiese permitido que su revólver estuviera cerca de algo húmedo, muchísimo menos en un charco de sangre.
Tengo el impulso de poner el arma sobre la mesa.
–No hace falta que lo veas, Martín. Vení, vamos –dice Galmarini, que se acercó sin que yo lo escuchara.
Sin embargo, hace falta. Cuido de no pisar las manchas de sangre, me paro frente al cadáver de mi padre y no es tan terrible como hubiera creído. El tiro debe haber entrado por el mentón porque hay un orificio de salida arriba de la nuca, pero no es más que un hueco pintado de rojo. La cabeza está inclinada hacia abajo con tanta paz que no me sorprendería que la levantara y me dijera «hola». Espero, casi convencido de que eso puede ocurrir, hasta que Galmarini me palmea la espalda.
–Vení, vamos. Ya está. Quiero mostrarte algo.
Subimos la escalera esquivando a agentes de la Policía Científica y entramos en la habitación de papá. La cama está deshecha. Hay un desorden moderado, nada del otro mundo para alguien que vive solo. Galmarini me señala unos papeles sobre la mesa de luz mientras me alcanza un par de guantes de goma.
–Tomá, ponete esto.
Mis manos están transpiradas y cada guante es una lucha. Tardo en sentirme cómodo. Galmarini me muestra un informe médico. Lo leo muy por encima, hasta encontrar la palabra «leucemia».
–El forense vio los análisis. Dice que era terminal. Esto nos da el motivo. Como respuesta a tu pregunta, parece suicidio, sí.
Doy vuelta la hoja y veo una serie de valores en sangre y otros resultados. El informe está firmado por el doctor Markarian, a quien conozco. No entiendo la mitad de lo que dice, pero estoy pensando en otra cosa, en una situación parecida, de veinte años atrás. Recuerdo cómo mi madre cerró los ojos y el mismo Markarian nos dijo a mi padre y a mí que ella había tenido una muerte digna, que podría haber seguido luchando, pero que hubiera sido doloroso y estéril. Y recuerdo cómo mi padre dio un puñetazo en la pared. «Tenemos una sola vida, Martín, una sola. Pase lo que pase, hay que seguir, ¿entendés? Porque después no hay nada», fue lo que dijo mi padre en aquel momento. Textual.
–Martín, ¿estás bien? –pregunta Galmarini.
–Sí, pero papá no se suicidó. Por favor, buscá bien, acá hay algo más. ¿Alguna carta? Afuera alguien habló de una carta.
–Los medios siempre hablan de una carta, es su forma de pescar, pero todavía no encontramos nada. Y los indicios…
–Los indicios las pelotas. Esto es una escena del crimen. Tratala así o te voy a crucificar y vas a rogar por el pase a retiro.
No es fácil intimidar a Galmarini, tampoco me interesa hacerlo, pero acabo de recordarle que, antes que amigo nuestro, es policía y en este momento eso es lo que cuenta.
–Y una cosa más: lo de la leucemia queda acá, no quiero que se sepa. ¿Puedo contar con eso?
Galmarini asiente y me voy sin despedirme. Necesito aire. Es de día y aun así los flashes de las cámaras me ciegan. Los micrófonos me golpean con fuerza y las preguntas con más fuerza todavía. Los periodistas me empujan, me agarran, me tironean y me vuelven a empujar, pero no me detengo. Logro pasar, después de algunos minutos, pero todos me siguen. Llego a la esquina y el taxi que me espera es la primera buena noticia del día.
El chofer está parado y fuma al lado del auto. Cuando ve venir la marea de gente, aplasta el cigarrillo contra el suelo y se pone al volante. Arranca y con un movimiento abre la puerta de atrás. Corro con rapidez los veinte metros que me separan del taxi y me zambullo en el interior. Partimos a toda velocidad y escucho con incredulidad que algunos periodistas me insultan.
–Relajá, pibe. Acá tenés unos minutos de paz.
Pero no es paz lo que siento. Bajo la cabeza y me pongo a llorar.




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